Fotografia | Archivo Diego Barrera Bustamante
Hay amistades que terminan pareciéndose a una sola historia. Así ocurre cuando se recuerda a Chabelita Fuentes y Laurita Yentzen: dos cantoras muy influyentes en en valle de Tagua Tagua y en el país, que durante décadas caminaron juntas el mismo oficio. Compartieron cantos, escenarios, recuerdos y una profunda fidelidad a la tradición campesina y a nuestro folclor.
Para muchos de nosotros fueron, sencillamente, Las Morenitas, únicas e irrepetibles. No solo por el nombre que durante sus vidas acompañó su canto, sino porque encarnaban ese espíritu de las cantoras del campo: mujeres que sabían que la música no era solo espectáculo, sino un sentir profundo, una convicción y la mejor compañía de sus días.

Las dos venían de ese mundo donde el canto se aprendía escuchando y practicando. Donde la tonada, la cueca o el verso se transmitían de boca en boca, de fiesta en fiesta, de reunión en reunión. Anotando cada letra en sus típicos cuadernos. Un mundo donde la música no estaba separada de la vida y era un constante ejercicio estético de memorización e interpretación.
Y ellas lo mantuvieron vivo.
Quienes tuvimos la suerte de compartir con ellas sabemos que su canto no estaba hecho de grandes discursos, sino de momentos simples: una guitarra que aparece en medio de la conversación, un arpa afinándose lentamente, una historia que termina transformándose en tonada, un recuerdo y un autor que nos llevaban siempre por antiguas melodías. Con los años, también tuve el honor de despedirme musicalmente de ellas como corresponde a las cantoras: cantando. Lo hicimos registrando sus últimas melodías en dos discos que hoy quedan como testimonio de su voz y su historia: “Memorias de mi tonada 2” con Chabelita y “Volver a Empezar” con Laurita Yentzen. Ambas grabaciones conservan algo de esa humanidad profunda con la que ambas entendían el canto. Y hoy son un testimonio póstumo de su musicalidad. Acá el Link para escuchar.

Porque más que intérpretes, Chabelita y Laurita eran portadoras de una forma de vivir la tradición. cantoras de tomo y lomo, con oficio, con manejo escénico y un dominio absoluto de sus instrumentos.
Hoy, cuando Chabelita habría cumplido 95 años, su recuerdo vuelve inevitablemente acompañado del de Laurita. Como cuando se veían llegar juntas a una reunión, a una fiesta o a una tarde de canto.
Dos amigas inseparables. Dos cantoras del mismo paisaje. Dos memorias que siguen resonando e inspirando a nuevas generaciones.
Los cumpleaños de Chabelita
Chabelita tenía una costumbre que todos quienes la conocíamos sabíamos de memoria: su cumpleaños siempre se celebraba.
Y todos llegaban. Nadie con las manos vacías. Incluso en tiempos difíciles, como durante la pandemia, siempre hubo alguna forma de reunirse para saludarla. Eran celebraciones llenas de cariño y de folclor: guitarras, arpas, canto, cuecas, abrazos y muchas historias compartidas entre quienes año a año llegaban a rendirle homenaje.

El cumpleaños de la Chabe siempre era alegre. No necesitabas invitación. Todos sabían que ese día, fuera cuando fuera en el calendario, se celebraba en su casa.
Muchas veces el festejo empezaba temprano, cerca de la hora de almuerzo. Ya estaban ahí sus compañeras de Las Morenitas y otras amigas afanando entre el patio y la cocina: una conversando, otra sirviendo un trago, otra preguntando por alguna canción. Y antes de que uno se diera cuenta, ya estaban los instrumentos afuera. Partían las tonadas, después las cuecas, los pedidos de canciones… y por supuesto, eran bien zapateadas las cuecas.
Chabe fue siempre muy buena bailarina. Enseñó la cueca con naturalidad, con ese gusto por el baile auténtico. De su juventud se conservan varias fotos bailando cueca en el Pollo Dorado, imágenes que van desde 1954 hasta fines de los años sesenta. Ahí se la ve joven, elegante, segura, con ese aire festivo que jamás perdió.

Durante el día recibía muchos llamados. Se emocionaba al oír a sus viejas amistades y las cuecas bien tocadas, de esas que tienen sabor y pasión, o como ella decía, “con perenquenque”. Cuando alguna interpretación era particularmente buena, se reía y se cachiporreaba con picardía, diciendo:
“Y vayan a preguntar al frente acaso son we%$&/nes los que están tocando”.
Siempre tenía un dicho listo en la punta de la lengua.
Le gustaba también actuar personajes. Tenía un talento natural para eso. Así nació la personalidad inolvidable de su perrita salchicha, la querida Paturris, a la que daba voz con una entonación especial, llena de picardía. También hacía un personaje de borracho que brindaba con todos y terminaba enamorándose de quien tuviera enfrente. Levantaba el vaso, hacía muecas y decía solemnemente:
“Salud mis queridos congéneres, compañeros de la vida… con permiso pa encumbrar esta ñeclita… ¡SALUD!”
Durante la tarde seguían llegando más amistades. Era habitual que alguien entrara cantando desde la puerta. Y casi todos los músicos conocían la regla no escrita: había que cantar. Había que cantarle a la Chabe. Después de todo, ese día ella era la reina.

Y ahí estaban también los brindis con Laurita, que disfrutaba especialmente otro de los personajes de Chabelita: la niña chica, una niña insolente, muy garabatera, que mandaba a todos, sin excepción, a la ch… bueno… a la punta del cerro. Escucharlas cantar juntas siempre era emocionante. Había entre ellas un fiato muy particular, una complicidad musical que solo dan los años compartidos. Con el tiempo sus voces fueron envejeciendo de manera distinta y eso obligó a cambiar los roles: Laurita pasó a la primera voz y Chabelita a la segunda cuando cantaban a dúo. Pero la musicalidad seguía intacta. La llevaban en la sangre, alimentada por la amistad y por lo que ellas mismas llamaban sus “años de circo”.
Quienes las admirábamos terminamos queriéndolas como se quiere a una madre o a una abuela del folclor: una abuela pícara, querendona, de esas que nunca se iban temprano a acostar en medio de un carrete.
Cuando salían al centro tenían sus ritos. A veces partían a la peluquería, y de vez en cuando se daban una vuelta por El Portalón, donde les gustaba probar la vaina. También eran amigas del vermouth, de esos cortitos pequeños que se toman después de almuerzo.

Fueron compañeras inseparables. Como en toda amistad larga, discutían a veces por cosas domésticas, pero el canto y el compañerismo siempre terminaban imponiéndose. Después de tantas peripecias juntas, tantas bromas entre canción y canción, tantas complicidades de escenario y de vida.
Todo eso terminó dando a su amistad algo difícil de explicar: un aire casi mágico, de esos que solo nacen cuando dos vidas caminan durante décadas al mismo compás del canto.
Hoy, a 95 años de su nacimiento, la memoria de Chabelita Fuentes y Laurita Yentzen sigue viva en cada tonada, en cada encuentro de cantores y en cada músico joven que se acerca con respeto a este canto antiguo del valle central.
Gracias por todo lo que nos enseñaron.
Gracias por el canto compartido.
Su legado y su memoria siguen acompañándonos.