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Historia del Mapa Geo Emocional de Navidad

Isabel Mekis, cantora y bordadora, nos cuenta como fue el camino para conformar el gran mapa bordado de la comuna de Navidad.

Hace mucho tiempo, con un grupo de amigas, nos juntábamos.. Estaba en plena pandemia. Nos juntábamos en distintas casas, cerrábamos las cortinas porque no se podía reunir, y empezamos a bordar. Antes de eso yo siempre había bordado sola, pero cuando me empecé a encontrar con las chiquillas y empezamos a bordar en conjunto, y cosas que teníamos en común que no eran para “llevarlas a la casa” ni para una… era muy lindo, porque descubrí que bordar con otras me hacía muy bien.

Y de ahí, se me fue quedando como una semilla: el bordado no era solo un trabajo, era un encuentro. Era conversación. Era estar.

El último trabajo que realmente me marcó el corazón fue un mapa. Hicimos un mapa de Rapel . Un mapa de Rapel, pero desde nosotras. Porque todos somos amantes de este lugar donde habitamos, hemos sido muy felices aquí, ya veces nos pasa que los mapas más institucionales solo cuentan una parte. Por ejemplo, en Rapel hay una señalética que dice: “acá se puede alojar”, ​​“acá se puede echar bencina”, “acá hay camping”. Y nosotras decíamos: “hay tanto más…”. Hay tantas cosas, hay personas tan valiosas, hay una naturaleza que sorprende… y entonces quisimos a través de un mapa hablar de Rapel pero desde nuestro corazón. Ese mapa fue muy precioso porque lo abrimos a la comunidad. Entonces, por ejemplo, íbamos a la plaza y hacíamos la invitación a que cada persona bordara algo que le importaba de Rapel. Le pusimos el nombre de que era un mapa geo emocional : hablaba de la geografía, pero también hablaba del corazón, de las emociones, de las cosas que rescatábamos del lugar.

Cuando terminamos ese mapa, dije: “esto hay que hacerlo en toda Navidad”. Porque yo he tenido la suerte de conocer mucho de Navidad, como cantora a lo divino, cantando también otras cositas. He podido recorrer harto, hacer amistad… y yo sabía que así como en Rapel hay un montón de tesoritos de los cuales no se habla, había un montón en toda la comuna: en la Palmilla, en Tuman, en Licancheu… y se me ocurrió hacer un mapa de toda la comuna, para hacer este mismo trabajo que habíamos hecho entre nosotras, con las vecinas y con los vecinos, pero ahora en toda la comuna.

Fui a hablar a la municipalidad y la municipalidad acogió el proyecto. Ahí empezó a financiar los talleres.

Bueno, el mapa empezó a bordarse en 2023, en La Polcura . La Polcura fue el primer lugar donde comenzamos el mapa. En ese momento yo había llevado un paño, una tela de fondo, donde estaba escrito el título: “Comuna de Navidad, Sexta Región” . Y llevaba otro pañito verde, un género verde, con la silueta del contorno de nuestra comuna. Esa silueta la hice en base a un mapa: como que me encontré con el mapa como que no se encuentra, no sé si me explico, pero era como buscarlo, como armarlo, y entonces llevé esas dos telas: el título y la forma de la comuna.

Llegué a La Polcura y nos juntamos como cinco personas: estaba la Mari Silva, estaba el profesor Guillermo, estaba la Caro Sepúlveda, estaba la Madeleine (que es hija de la Mari), y también estaba una señora que no me acuerdo su nombre.

Ahí fue súper desafiante, porque poco a poco se fue construyendo la idea. Lo que yo más quería era que no fuera una cosa impuesta. Yo no quería imponer una forma única de hacer las cosas, ni imponer dónde iba la calle. Me interesaba como experiencia el hecho de decidir en el grupo por dónde pasa esta calle, sube, baja. Eso era bien desafiante, porque unas decían que la calle era para allá, y otros decían que la calle era para acá. Pero podíamos mirar la calle desde distintos lugares y estábamos diciendo lo mismo.

Entonces ahí comenzó el proceso de conversar. Después, desde La Polcura, se hizo el trabajo en El Manzano, Puertecillo, Los Mayos, Valle Hidango y La Palmilla . Y ahí todo el resto, pero partimos desde la parte más sur, que en general son zonas que tienen muy, muy poco acceso. Ahora ya no están tan inaccesibles, pero en ese tiempo sí costaba mucho más.

Y pasó algo: mientras hacíamos el bordado, se pavimentaron calles. Se pavimentaron en parte del camino, y entonces incluso en el bordado se vieron en un color las calles que estaban pavimentadas y en otro las que eran de tierra. Pero después tuvimos que deshacer calles que estaban marcadas como de tierra, porque ya las habían pavimentado. Es que como estuvo el proceso bordándose más de dos años, las cosas fueron cambiando. Y en el fondo, el sector sur de la comuna ha tenido más dificultad de acceso: las personas que viven para allá están más alejadas. Bueno, en muchos lugares pasa lo mismo, pero de alguna manera los sectores con acceso más fácil están como bordeando el río y luego hacia la costa. Y los sectores más de arriba, más de cerro, son más complejos para ir y todo eso.

La verdad es que nosotros lo hicimos visitando cada una de las localidades. Se hicieron cinco talleres en cada una. Ahí trabajábamos con hilos de algodón sobre tela (o sobre pedazos de tela que tenían un significado importante en cada localidad, que la misma gente aportaba). Empezamos a trabajar lo que queríamos decir del lugar de donde vivíamos. Como tratando de volver a apoderarnos de eso: de tomar las riendas, pero desde dentro.

Entonces los talleres, aunque se fue cambiando la metodología y yo fui probando cosas nuevas, siempre intenté respetar una lógica: no partir solo “bordando”, sino compartir, conversar, conocernos, pensar en conjunto y de manera bien personal: “¿qué quiero decir yo de este lugar?”.

Porque lo más fácil a veces es decir “voy a dibujar la capilla”. Y a mí me pasó en un lugar, en una localidad, que unas niñas llegaron y dijeron: “hay que bordear la capilla”. Y yo les pregunté con cuidado: “¿y tú eres creyente?”. Y una me dijo: “no, pero la capilla hay que bordarla”.

Y ahí yo me tomé eso para explicarles, sin hacerla sentir mal, pero para mostrar que no hay que bordear por bordar. No era bordear la capilla porque sí. Era bordear eso que tú amas, eso que tú sientes que tiene significación para ti. Era un proceso más profundo, como para romper ideas de “cómo se hacen las cosas”, o de “lo que deberíamos decir de dónde vivimos”. Muchas veces esos discursos vienen de afuera, vienen desde lejos… y en realidad cuando nos pasan la palabra, queremos decir otras cosas.

Entonces las primeras instancias siempre fueron reflexión. Y después ya: comer, conversar, reír, escuchar música, y bordear de manera espontánea y natural, con una técnica básica. Nunca fue interés que todas manejaran un montón de técnicas raras o que hicieran lo mismo perfecto. Había quien bordaba con más perfección técnica, y quien bordaba con la guata pelada nomás (como con todo el corazón), pero los bordados eran hermosos cada uno en lo suyo.

Así se fue creando el mapa: localidad por localidad, pasando por cada lugar.

Y estaba creciendo. Muchas de las bordadoras que habían ido a una localidad luego se repetían y iban a otra. Se fue formando una comunidad grande: mayoritariamente mujeres. Sí participan hombres, pero muy poquitos. En total deben haber sido como seis hombres versus unas 327 mujeres.

Y muchos eran adultos mayores. En un país como el nuestro, en una comuna campesina, todavía hay muchas prácticas en que la mujer está como a disposición de la casa: servir comida, preparar el té, darle comida a los animales… y en un montón de cosas más. Y ser mujer implica un montón de trabajo.

Estos talleres, entonces, también eran un espacio de relajo. Un momento de poder olvidarse un poquito del deber. De poder conocerse con otras. De compartir. De escuchar música. De estar. De respirar.

De esta manera se bordó cada localidad, en momentos muy especiales. Y yo personalmente aprendí mucho de la historia de cada una: de su forma de ser, de su mundo. Porque uno conoce a una persona, pero una persona puede ser parecida a tu tía, a tu vecina, a alguien cercano… y cuando nace empatía, se abre la cabeza y el corazón.

El proceso fue desde 2023 hasta 2025. Y cuando ya el mapa estaba armándose, al comienzo el mapa era solo el perímetro de tierra, el título y el fondo del mar.

Pero en los mismos talleres, con tanta profundidad, comenzó a surgir la posibilidad de hacer un pañito aparte. Y entonces empezamos con los pañitos… pañitos, pañitos, pañitos… y al final fueron millas de pañitos.

Y en esta parte final, como de tres meses y medio, nos fuimos juntando en distintos puntos de la comuna, con convocatoria abierta a todas las bordadoras que habían participado para poder lavar los paños, plancharlos. Algunos eran muy grandes y ocupaban mucho espacio, y entonces se podía cortar tela y reducirlos. Y también se trabajaron detalles: cosas que mejorar, bordados que ajustar. Y también pasó que, desde la mitad del proceso, varios bordaron su nombre chiquitito como firma. Pero claro: como surgió esa idea en la mitad, hubo muchos nombres que no estaban. Entonces esa parte final fue también completar los nombres que faltaban.

Y en la parte verde, donde estaban estas miniaturas de cositas de cada localidad, había que unir. En el fondo: que todo se uniera. Que todo quedará conectado, que no quedará como “cada uno por su lado”.

Y ese proceso fue harto trabajo de unión. Fue un proceso de juntarnos para coser a mano, uno al lado del otro.

Cuando ya estaban los pañitos limpios y todo, tuvimos que comprar una tela súper grande. Y ahí dijimos: “ya, parece que son ocho metros…”. Porque el mapa era gigante.

Entonces, en esa tela inmensa, decidimos ir cosiendo y uniendo a mano cada uno de los pañitos. Y este proceso de elaboración final fue fundamental.

Podríamos haberlo hecho con máquina, sí. Pero no habría sido tan bello, y no solamente por la belleza. Lo más importante fue lo que significó estar juntas uniendo los paños. Nos unimos nosotras también.

Porque ya no era yo con mi paño y con la historia de mi comunidad: me tocaba, por ejemplo, unir un paño de una localidad a la que yo no iba hace cinco años, y conocer el bordado de otra persona. De otra historia.

Y era precioso ver cómo se compartía: unas decían “yo estoy uniendo este”, “yo estoy uniendo este otro”. Y eran horas y horas y horas ahí.

La última etapa fueron jornadas de diez horas diarias de bordado, durante un mes completo. Y algunas, sobre todo algunas que ya eran mayores, como de 75 años, seguían bordando hasta las tres de la mañana, resfriadas, pero bordando igual. Porque lo pasábamos tan bien que ninguna se quería ir.

Y comíamos cualquier cosita: un pancito con mermelada… y así. Pero lo importante es que estábamos felices de estar juntas.

Terminamos el mapa un día a las seis de la mañana, poniendo el último ojetillo. Y en ese tramo también construimos una estructura de fuego exacta ya medida para tensar el mapa de forma perfecta.

Los ojetillos los usamos con la idea de un corsé antiguo, de un corpiño antiguo, donde hay una presión constante. Eso deja el mapa tenso sin riesgo de rajar la tela.

Cuando pusimos el último ojetillo, fue como un día de cara de muerta. Pero estaba listo, porque recibimos invitación: ir a La Moneda, al Centro Cultural La Moneda, el 25 de abril.

Y fuimos con nuestro mapa. Con un orgullo tremendo por el cariño que le habíamos puesto. Sin achicopalarnos nada, porque sentíamos que llevábamos un tesoro: “oigan, venimos de Navidad y esto es Navidad”.

No pudimos ir todas, porque tampoco había recursos para que fueran todas, pero fuimos alrededor de 52 bordadoras.

Y ahí representamos nuestra cartografía bordada: con todo el esfuerzo, con todo el amor.

Y después, como ya lo teníamos planeado, hicimos la inauguración oficial en la comuna de Navidad el 16 de mayo. Fue una hermosa instancia porque pude llegar bordadoras de muchas localidades.

Obviamente nunca se puede que vayan todas, pero estábamos cerca de 140 o 150 bordadoras. Y fue como volver: conocerse, reconocerse, ver los trabajos, compartir. Hicimos primero un encuentro entre nosotras en la mañana. Y después, al mediodía llegó el público. Ahí hicimos la corta de hilos, las tijerales de nuestro mapa.

Lo realizamos en el centro cultural de Pupuya Sur, organizado por el Teatro del Cerro, que nos abrió las puertas. Comimos rico, bailamos, compartimos, tomamos enboldados hechos por la Carmencita Navarro, en guindado. Y todas trajimos muchas cosas para comer.

Fue una fiesta de colores y sabores. Y fue una alegría muy grande.

Y algo que me parece súper interesante del trabajo, y que vale la pena destacar, es cómo en tanta inmensidad se abordan distintas temáticas. Por ejemplo, el tema de la religiosidad, de la espiritualidad, es muy fuerte.

Dependiendo del lugar donde estaba la bordadora, se bordaba un santo, un símbolo, una figura distinta.

En La Vega de la Boca, por ejemplo, se bordó San Pedro, porque San Pedro es el patrón de los pescadores. Entonces una persona bordaba a San Pedro mientras recordaba la primera vez que fue a pescar con su marido.

En otra zona más campesina, que se llama Licancheu, se bordó San Francisco, el patrón de los animales. Y aquí en Navidad se le pide mucho todos los años porque los animales son los compañeros de trabajo en los campos. Si San Francisco protege a los animales, también protege nuestro trabajo, la comida que producimos y las entradas económicas que vamos a tener en el año.

También se bordó mucho a la Virgen del Carmen, porque en la zona central se cree mucho. Una persona la bordó porque ella le canta la novena. Otra bordó un cantor a lo divino. Otra señora bordó a su marido cantor a lo divino. Otra persona bordó una décima a lo divino. Y hubo historias muy profundas: por ejemplo, una señora bordó a sus dos hermanos, pero los bordó como angelitos. Ella contó que cuando era chiquita vio a su hermana arriba de una mesa que no se movía. Le preguntó a su mamá qué le pasaba. La mamá le dijo: “está muerta”. Y ella preguntó: “¿y qué es estar muerta?”. La mamá le explicó que si le cortaban un dedo, ella no lo iba a sentir. Y ella dice que en ese momento supo que los humanos mueren.

Después contó que vio que su abuela le estaba haciendo un vestidito como de novia. Y tiempo después vio que su hermano estaba en la misma mesa, igual, sin moverse. Había habido una pelea… y murieron los dos el mismo día.

Por eso ella bordó a su hermana vestida de angelito chiquitita ya su hermano al lado. Era como novia y novio, como una historia que se cerró con canto a lo divino ese día.

Y así, como cada persona desde sus propias creencias, desde su propia espiritualidad, fue señalando estos aspectos. Fue bordeando lo divino, desde su vida.

Eso se puede ver en el mapa. Y por eso también es súper lindo verlo en persona. Se siente como que el mapa no muestra solamente lugares: muestra vínculos, fe, memoria, cariño, historias.

Y por eso soñamos con hacer un libro: para profundizar, para interpretar, para agrupar y para pensar todo lo que se dice aquí. Porque hay tantas cosas que se cuentan con hilo y con corazón… y merecen quedarse, ordenarse, compartirse.